Y se integró a través del trabajo en grupo

En uno de los programas de integración a través de la cultura y el arte que Migralia desarrolla en los ayuntamientos, una vez me encontré con un chaval de 12 años de origen extranjero a quien se le dificultaba mucho relacionarse con los demás. En el taller trabajaban aproximadamente uno 30 niños de entre 3 y 14 años e origen extranjero y autóctonos. En las jornadas de este taller se realizaban diferentes dinámicas para llegar como grupo a una fiesta del municipio. Unas veces pintábamos, otras cantábamos y bailábamos y siempre, jugábamos en los descansos. El niño, protagonista de esta historia, era lo que en lenguaje común se conoce como desadaptado. No había jornada en la que no tuviésemos que llamarle la atención, bien sea porque interrumpía constantemente la actividad, o porque se peleaba con los otros niños, usando en algunos casos la fuerza. Las primeras veces se fue del aula para volver minutos después, siempre con cara de pocos amigos e insertándose al grupo a regañadientes. Entonces los monitores lo que hicimos fue darle algunas responsabilidades sobre el grupo, como por ejemplo, estar al tanto de que los más pequeños pintaran bien. Y en caso de que no fuese así, que les ayudara. Su actitud hacia el grupo mejoró y pudimos concluir las jornadas con la satisfacción de que el niño le había tomado gusto al trabajo en grupo y sobre todo, había comenzado a respetar a sus compañeros y monitores. El día de la fiesta colectiva del municipio fue uno de los que más participó y además quien más contribuyó a que el trabajo del grupo saliese muy bien. Sin embargo, sabíamos que su aparente agresividad, aunque había disminuido, no terminaba de esfumarse. Pero como terminábamos el taller, poco más podíamos hacer. Al año siguiente, reunidos otra vez para trabajar colectivamente para la misma fiesta, él fue uno de los primeros en llegar para comenzar el trabajo. Continuó presentando algunos problemas para relacionarse con los demás, pero muchos menos que el año anterior. La gran sorpresa nos la dio cuando una mañana llegó con algunos snacks para compartir con los demás chavales. Le hicimos saber que no hacía falta que trajese nada porque dentro del proyecto, los tentempiés los ponía Migralia: él no dijo nada y en la siguiente jornada hizo lo mismo. Nosotros ya no insistimos en que no trajese cosas; entendimos que quería compartir con sus compañeros. Y en el intermedio, nos daba efusivos abrazos a los monitores y nos hacía saber que nos quería mucho. Así que, poco a poco, se tornó en el líder del grupo y ya no pegaba ni insultaba. Todo lo contrario: colaboraba para que hubiese armonía en el grupo y repartía mucha ternura. Al año siguiente invitó a otros amigos de su país de origen al taller y a otros más, españoles y extranjeros. Este año, ya con 14 años a sus espaldas, nuestro chaval, fue fundamental para el logro de los objetivos del trabajo en grupo. Supongo que el año que viene, este adolescente vendrá ya directamente con propuestas creativas para nuestro taller. Y seguro que lo más lindo de todo será ver esa enorme sonrisa que siempre regala y recibir esos abrazos que ahora prodiga con mucha generosidad.

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